OTROS BEBÉS ESTRELLA

Érase una vez una estrella llamada Ángela

Esta historia habla de una mujer, un hombre y un sueño. Me llamo María, mi marido se llama Antonio y nos conocimos en una tarde de verano. Recuerdo perfectamente como nos sentamos uno frente al otro en una terraza y bajo la luz de la luna nos dijimos te quiero con la mirada. Desde ese momento nuestros días se basaban en la ilusión, la esperanza y las ganas de vivirlo todo juntos. Primero llegó la boda, luego la luna de miel en Cuba y meses más tarde, una mañana como cualquier otra, me levanté corriendo al baño con la sensación de que mi estómago se salía por la boca. Mareos, náuseas, sensación de malestar que me hicieron pensar que podía existir la posibilidad de que estuviera embarazada.

Nuestro sueño era ser padres pero no lo habíamos planeado. Éramos felices juntos y simplemente nos dejábamos llevar así que esperé una semana más para ver si en vez de un bebé lo que tenía dentro era una gastroenteritis. Pero esa sensación seguía ahí y de repente algo pesaba en mis entrañas. No sabría cómo explicarlo pero ahí dentro de mi había algo que nunca había estado. Fui con una amiga a la farmacia a comprar un test de embarazo y después de eso nos fuimos a mi casa. El proceso estaba claro, chorrito, esperar cinco minutos y ver si mi mundo iba a cambiar radicalmente. Creo que fueron los 5 minutos mas largos de mi vida y tanto me centre en mis pensamientos que de repente el golpe que dio mi amiga en la puerta me hizo reaccionar. Giré la vista y ahí estaban las dos líneas bien marcadas. Pegué un grito que creo que me oyó todo el vecindario.

La familia se volvió loca, todos querían vernos y felicitarnos. Según iba creciendo mi barriga aumentaban de forma proporcional las manos que querían tocarla y yo.. pues encantada la verdad. Estaba de 29 semanas cuando una noche empezó a dolerme mucho la cabeza. Me metí en la cama para intentar dormir y a las 5 horas me desperté con un dolor insoportable. A oscuras avisé a Antonio para decirle que encendiera la luz y cuando lo hizo… La cama estaba encharcada de sangre. Dios mío recuerdo ese momento como si fuera ayer porque creo que nunca me asusté tanto en mi vida. Corrimos hacia urgencias y cuando llegamos y explicamos lo sucedido, las caras largas de las matronas nos extrañaron. Yo tenía muy claro que los abortos sucedían el primer trimestre pero a esas alturas todo lo malo que pudiera pasar se podría controlar.

Los dolores cada vez iban a más y mientras esperaba a que llegara el ginecólogo para vernos en el box de urgencias, sentí una necesidad imperiosa de empujar. No lo pensé, me puse de cuclillas y empuje con todas mis fuerzas. Una vez, dos veces… Mi marido fue corriendo a llamar a alguien.. y tres veces. De repente salió Ángela. La cogí con mis brazos feliz, contenta de tenerla allí hasta que vi que no respiraba. Mi hija no respiraba. De repente un montón de matronas, médicos, auxiliares me rodearon, cogieron a mí niña y empezaron a hacerle maniobras, frotarla, pero no reaccionaba. Se la llevaron a la UCIN corriendo pero no había nada que hacer, estaba muerta. Muerta. Comencé a gritar, a llamarles mentirosos a los médicos, a imponerles que me dieran a mi hija. Así lo hicieron. Con mucho cariño la envolvieron en una sábana y me la entregaron. Entonces lo entendí, era demasiado pequeña y no había sobrevivido al parto. No me atendieron, estuve sola y por eso murió.

Llegó el entierro y el dar la terrible noticia a la familia. Nos dijeron que le harían la autopsia pero que el informe tardaba en ser entregado. La soledad y el rechazo de nuestro entorno rodeaban nuestra vida. Hasta que un día llego la autopsia: envejecimiento prematuro de la placenta, diversos infartos placentarios y mil cosas más que no entendía. Al parecer después de informarme mi hija se murió porque la placenta ya no le daba ni oxígeno, ni alimento, ni nada. Mi cuerpo le había fallado.

Empecé a ir a un grupo de apoyo y vi que no era la única, que no estaba sola. Eso me ayudó muchísimo. Tiempo después me quedé embarazada y tuvimos a nuestro arcoiris Manuel. No pude disfrutar su embarazo, no tenía ni ilusión, ni ganas, ni siquiera esperanza. En cada consulta en ginecología esperaba que me dijeran que no había latido, o que llevaba días muerto. Cuando nació no me lo podía creer, estaba vivo!!! Sus ojitos me reconciliaron con la vida y me devolvieron la ilusión.

Sé que tu probablemente seas una mamá en duelo como yo. No sé si tienes más niños, si vas a tenerlos o puedes tenerlos. Si sigues a Silvia en sus redes no creo que necesites que yo te motive con mi carta, porque ella se encarga de levantarle el ánimo a todo aquel que la lee (a mí me mete unos chutes de energía impresionantes) pero lo que si puedo hacer por ti es decirte que no estás sola. Que yo también lloré sin control, que yo también quise morirme, que yo también me aparte de toda la gente que quería ayudarme. Pero se sale. Se sale hacia adelante, se recuperan las ganas de vivir y de luchar y que lo único que tienes que hacer es buscar un motivo para continuar.

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