"Más Allá Del Arcoiris" por @tempsdedol

El arcoiris en mi (y en ti)

Estar caminando y sentir que, bajos tus pies, el suelo se agrieta. Y se rompe. Y empiezas a sin saber cuando pararás ni cómo de dura será la caída. Así definiría el momento en el ue me dijeron Gala ya no vivía, y los días y semanas que vinieron a continuación. En segundos mi tierra firme había desaparecido. Por segunda vez. Y con ella una parte de mi. Primero, arrastrada por el vacío. Después abandonada por mi. Abandonada sobre la montaña de escombros en que se habían convertido ilusiones. Nuestros . La vida de nuestr@s hij@s. ¿Te suena? Abandonarte a la nada. Siguiendo como tu día a día, sin ti. Sin reconocerte. Sin querer buscarte. Ni cuidarte. Pensando… ¿y mi arcoiris?
No hay desesperanza en este escrito. Hay un gran descubrimiento que quiero compartir con
vosotras, pero para verlo, como yo, necesitáis saber que me abandoné. Abandoné mi cuerpo con kilos de comida basura. Abandoné mi identidad al dejar de dedicarle cuidados y tiempo. Abandoné mi autoestima, en un rincón, total para qué la quería… Abandoné la confianza en la vida, sí esa que dice que no te volverá a pasar. Mi salud mental y física se
quedaron en el límite justo para seguir con la vida que llevaba hasta ahora. Pero que ya no
era igual y no lo volvería a ser. Abandoné y perdí mi esencia. ¿Quién eres y qué has hecho
conmigo?

No os quiero hablar de mi. Sólo os quiero hablar de cómo es recuperarse y ver en ti los
colores del arcoiris… No es un camino fácil pero puedo deciros que la paz que me produce
mirarme al espejo, decirme hola, sonreír y reconocerme, con mis nuevas arrugas, mis
nuevas canas y mis cicatrices del alma es un subidón. ¿Cómo se hace? Tocando fondo.
Cuando ya no puedes ir más abajo, solo queda volver a subir en algún momento. Ten tiempo ahí, en la oscuridad. Pero tarde o temprano necesitas la luz. Miras arriba y la ves. Lejos. Pero fija. Y decides que, tal vez, puedas llegar. Y te levantas y duele todo. Y empiezas a mirar qué tienes a tu alrededor, entre los escombros, que te ayudar. Família. Amigos. Un animal de compañia. Trabajo. Alguna pasión. Y a moverte y te cuesta. Piensas que necesitas que tiren un poco de ti. Y pides ayuda. Yo elegí la terapia. Porque mi fondo no era sólo la muerte de mis hijos.

Eranconflictos de amistad y família. Trabajo nuevo. Maternidad e infertilidad. Decisiones que . Demasiado. Los primeros meses fueron de mucho llanto. De una montaña rusa tras . Mi alma estaba herida. Necesitaba dedicarle tiempo y darle la mano para volver. Y la tenía sujeta pude ver esa mano descuidada. Fui al espejo. Miré mi cuerpo. Mi . Mi descuido. ¿Quién eres otra vez…?
Con mi mente un poco más serena decidí frenar el deterioro que le estaba provocando a mi cuerpo. Kilos de más gracias a la comida basura que nos acompaña cada noche. Para
sentirnos mejor. Para encontrar tiempo para nosotros. Para crearnos la ilusión de que nada había pasado. Ni cambiado. Que todo era igual que cuando éramos recién casados y no teníamos cocina… Estábamos en un círculo vicioso. Necesitábamos parar. Y volvimos a
pedir ayuda. Le explicamos a nuestra nutricionista nuestra historia. Nos dijo que nos
estábamos comiendo nuestras emociones a golpe de McDonald’s. Y empezamos a querer
dejar de hacerlo. A cuidarnos. Juntos. Y los kilos se fueron yendo. Hasta once. Un cambio de look. Manicura. Verte mejor. Y empezar a recuperarte y reconocerte. Sí, con más
arrugas. Sí, con más tristeza en los ojos. Y con canas, muchas canas. Pero tú. Mente y
cuerpo… Y una luz más intensa que te ciega y te obliga a cerrar los ojos y desviar la mirada. Y, al volver a abrirlos y mirar donde estás, pensar… ¿Qué haces aquí? ¿A dónde ir? Y llega el momento de decidir cómo será vuestro arcoiris. Decidimos que no será otro bebé. Decido, sujeta, aunque la tierra se quiebre, no caes profundo. Lloras. Sientes.
Entiendes lo que queréis… Y lo respetas. Vivir. Juntos. Felices. Sin más miedo. Sin más.
Pero , la vida ha ido pasando. Los días se han ido sucediendo y tú has seguido con la de tener el piloto automático activo aún en algunas cosas. Para sobrevivir. Y tú
ahora quieres VIVIR. Sí así en mayúsculas. Y ya no entiendes porque estás donde estás.
Porque haces lo que haces. No te interesa. Y buscas en ti. ¿Qué te gusta? ¿Qué quieres
hacer? Ya no lo sabes. Y empiezas a indagar. Descubres muchas cosas. Sobre todo como
no quieres vivir. Decides volver a escribir. Volver a tu espacio de conexión con otras madres en duelo, como tu. Con tus altos y bajos, pero más serena. Decides cambiar lo que no te gusta. Buscar soluciones. Retomar las riendas. Insisto, no es fácil. Pero la vida, a , conspira. Señales. Momentos. No importa cómo lo llames. Todo te lleva hacia donde ir. Te empuja. Y un día notas un calorcito extraño acompañado de unas gotas de lluvia. La luz, más grande y cerca que nunca te atrae. Pero si la miras fijamente, ya sabes, ciega. Y la persigues con los ojos cerrados. Y cuando ya no es tan intensa, parpadeas. a poco abres los ojos. Te aclimatas… Y lo ves. Un arcoiris. Brillante. Vivo. Con un sólo
reflejo. Tú. Y te reencuentras. Te reconoces en ese nuevo reflejo. Le das las gracias. Y a
ellos, que están más allá de ese arco de luz. Y caminas con paso firme. Sin miedo a que el
suelo se pueda romper, porque, ahora, ya conoces el camino de vuelta. Respiras hondo. Dejas que las lágrimas corran y VIVES…. así en mayúsculas.

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